Lo cierto es que he estado un largo rato pensando acerca de qué podría escribir, e incluso he tenido alguna que otra buena idea que espero desarrollar más adelante, pero esta noche he acabado diciéndome: "¿Y por qué voy a escribir algo nuevo?". Y no es que me haya vuelto repentinamente un vago (más bien lo he sido siempre), sino que me he planteado la siguiente cuestión:
Mi intención es que, en un futuro, conjuntamente con el Periodismo, pueda ganar algo de dinero con la literatura -escribiendo, no leyendo, aunque no fuera malo-. Por tanto, también en un futuro, podría utilizar este blog como referencia sobre mis aptitudes (y no tan en un futuro, pues ya lo he utilizado con éxito). Pero todas las entradas que he escrito aquí son más bien de tipología únicamente periodística; podrían pasar por columnas de opinión de ser yo algún escritor reconocido.
Por esto he decidido que voy a publicar el primer texto que escribí. Con trece años, me pidieron en clase que escribiera un relato histórico breve para hacer un pequeño concurso en el colegio en el que estudiaba entonces. Este fue el relato que yo escribí, y que el jurado compuesto por dos profesores de Lengua y uno de Historia calificó de primer premio.
Sombras de un pasado.
Satori vuelve a
casa. Está en el asiento del copiloto. A su derecha, conduce Ichiro. Por una
parte, se siente dolido y deshonrado por no poder servir a su emperador y a su
país. Por otra parte, está agradecido de poder volver a casa, junto a Tsunade, su
mujer, y Aiko, su hija. Aún recuerda los últimos momentos que pasó junto a su
hija antes de partir al frente.
Era diciembre de
1941. Unos hombres del emperador habían ido a comunicarle que debía presentarse
a filas. Al día siguiente, seis de diciembre, saldría en un portaaviones con
rumbo al Pacífico, en un ataque sorpresa contra una base hawaiana. Satori había
entrenado en la milicia desde joven, convirtiéndose en un gran piloto, aunque
nunca había volado en combate. Cerró la puerta, y se puso a recoger algunas
cosas. Tsunade le preguntó qué pasaba.
- Me han llamado a filas. Salgo
mañana mismo.
- ¿Cómo? Pero eso no puede ser, no
pueden avisarte con tan poca antelación, no quiero que te vayas…
- Tengo que ir, tengo que luchar por
mi país. Pero tranquila, sólo soy piloto, ¿qué es lo peor que me podría pasar?
- ¿Y cómo piensas decírselo a Aiko?
- Se lo diré en cuanto vuelva a casa.
Cuando Aiko llegó, su padre la esperaba en la sala, sentado
ante la mesa, muy serio. Aiko tenía siete años.
- Siéntate, hija.
- ¿Pasa algo, papá?
- Ya sabes que estamos en guerra.
Todo el mundo está sumido en una guerra oscura, por motivos que tú aún no
entiendes.
- Sí, papá. ¿Qué pasa?
- Esta mañana vinieron unos hombres a
buscarme. Mañana me iré, y no sé cuándo volveré.
- ¿Te vas a la guerra, papá?
- Claro que no, cariño. Voy a un
sitio que está un poco lejos, y tengo que hacer una cosa muy importante allí,
¿lo entiendes? Te prometo que volveré lo antes que pueda.
- No quiero que te vayas, papá… - los
ojos rasgados de Aiko empezaron a inundarse de lágrimas.
- Ten esto, para que te acuerdes de mí. Te protegerá.
Con una sonrisa,
Satori le tendió a su hija un pequeño colgante con una estrella plateada, muy
brillante. Padre e hija se fundieron en un abrazo. Tsunade les observaba,
llorando, desde el umbral de la puerta.
A la mañana siguiente, cargando un petate con algunas
pertenencias, Satori se desplazó hasta la base militar que le habían
encomendado. Allí embarcó en uno de seis portaaviones, en el cual le explicaron
en qué consistiría la misión. Centenares de aviones japoneses despegarían al
día siguiente contra una base hawaiana de la flota norteamericana, para
realizar un ataque sorpresa. La base se llamaba “Pearl Harbor”. Los soldados se
dirigieron a los barracones, para descansar antes del día señalado. Tras una
noche difícil, echando de menos a su familia, Satori subía ahora a su avión. En
la cabina, un calendario le informaba de la fecha en que se encontraban: ocho
de diciembre de 1941.
El vuelo hasta
Pearl Harbor fue tranquilo pero, una vez en la base, comenzó la batalla. Los
norteamericanos, pillados por sorpresa, estaban siendo masacrados por los
aviones enemigos. Por la megafonía de la base se escuchaba el mensaje “Ataque
aéreo en Pearl Harbor, esto no es un ejercicio”. Todo iba bien, dentro de lo
que cabe, hasta que empezó a faltar munición, justo en el momento en que los
soldados en la base comenzaban a reaccionar contra el ataque. Ya no pintaba tan
bien. De repente, un avión japonés se precipitó sobre la base. Acto seguido,
otro avión del bando asiático vació toda la munición, y se estrelló contra la
base, estallando en una gran bola de fuego. Satori se giró hacia el compañero
que manejaba una ametralladora en la parte trasera de su avión.
- Ichiro, ¿qué demonios hacen?
- Son kamikazes, señor. Están dando
la vida por su país.
- ¿¡Qué!? ¡Eso no formaba parte de la misión! ¡Yo no pienso
inmolarme de esa forma! Volvamos al portaaviones.
Desafortunadamente,
el avión tuvo un fallo mecánico durante el viaje de vuelta al portaaviones, con
lo que no obtuvieron permiso para aterrizar y, a un puñado de kilómetros de
distancia de la costa japonesa, cayeron al mar. Los dos hombres fueron
arrastrados por la corriente hasta una isla desierta. Como militares, tenían
bien asumida una doctrina de supervivencia. Con trozos del avión que la marea
hacía llegar a la isla, se confeccionaron armas y utensilios, para cazar y
recoger el agua de lluvia, puesto que no había agua corriente en la isla. No pasaba
una noche sin que Satori pensara en su familia. En seguida perdieron la noción
del tiempo. Finalmente, un barco pesquero que pasó cerca de la isla y cuya
tripulación se percató de las señales de humo que los dos náufragos hacían con
una pequeña fogata, los recogió. El capitán les informó de que estaban a cinco
de agosto de 1945. Ambos hombres quedaron asombrados del tiempo que llevaban en
la isla, sin contacto con el mundo, al igual que el capitán cuando le contaron
lo ocurrido. Habían pasado cuatro años en la isla desierta de Sotobanari-jima,
una de las islas Yaeyama, de la Prefectura de Okinawa.
A la mañana
siguiente, llegaron a la costa japonesa, y uno de los hombres que formaba parte
de la tripulación les llevó a un hospital. Estaban desnutridos, como era obvio,
y se encontraban muy débiles. Pasaron dos días allí. Estando ingresados, se
enteraron de que el ataque cuatro años atrás contra la base de Pearl Harbor
provocó la entrada de Estados Unidos en la guerra de parte del bando contrario.
Tras esto, el hombre que les llevó al hospital les ofreció muy amablemente un
vehículo con el que pudieran llegar a casa, y entre toda la tripulación les
facilitaron algo de dinero y ropa. Ichiro se puso al volante, y Satori montó en
el asiento del copiloto. En seguida pusieron rumbo a casa.
- Ya queda poco, señor-dijo Ichiro, trayendo de vuelta a
Satori de sus recuerdos.-¿Le ocurre algo, señor?
- He pasado fuera cuatro años… ¿Se acordará Aiko de mí?
¿Reconocerá a su propio padre?
- Claro, señor. No se preocupe por eso, no deja de ser su
padre.
Cuatro años solos
en una isla les habían unido, pues necesitaban el uno del otro para sobrevivir.
Ambos estaban al corriente de la vida y los planes de futuro del otro. Ichiro
le había contado que le llamaron a filas dos semanas antes de la fecha señalada
para su boda con su novia Hinata. Supuso que ya habría rehecho su vida, dándole
por muerto. Satori no dejaba de plantearse esa opción. ¿Y si Tsunade había
rehecho su vida?
Enredando un poco en el coche que les habían prestado, Satori
encontró en la guantera un calendario y unos prismáticos. Miró la fecha. Ese
nueve de agosto de 1945 era un día gris, triste. Todo en el ambiente parecía
decir que algo malo se avecinaba. Los dos amigos oyeron un zumbido sobre sus cabezas.
No le dieron demasiada importancia. Pero el zumbido se fue intensificando por
momentos. Parecía el motor de un avión.
- Ya hemos llegado, señor. Estamos en
casa.-dijo Ichiro.
- Maldita sea, Ichiro, te he dicho mil veces que dejes de
llamarme señor.-replicó Satori- Ya veo que hemos llegado.-añadió al ver el
cartel en el que se anunciaba el nombre de la ciudad en la que entraban:
“長崎” (Nagasaki)
El zumbido era
ahora tan fuerte que incluso hacía daño. De repente, Satori vio cómo un enorme
avión pasaba por encima, muy alto. Cogió los prismáticos de la guantera. Se
quedó pálido al ver en la cola del avión la identificación estadounidense.
- ¡Da la vuelta, Ichiro!
Ichiro dio un
volantazo a la derecha para colocarse en el carril contrario. De repente, un
intenso haz de luz proveniente de la ciudad los cegó. Una imponente onda
expansiva golpeó el coche, que saltó por los aires. Acto seguido, un estruendo
ensordecedor, como mil tambores sonando todos a una. El coche quedó tendido
boca abajo en la carretera.
Cuando Satori despertó, todo había cambiado. La hierba del
borde de la carretera se había convertido en ceniza. Los árboles habían perdido
todas las hojas, los troncos habían quedado calcinados. Se pasó la mano por la
frente. Sangre. En ese momento se percató de que el vehículo había volcado. Se
arrastró para salir por la ventanilla. Mareado, rodeó el coche, en busca de
Ichiro. Éste estaba en su asiento. Le tomó el pulso. Nada. Alguien le tocó el
hombro. Satori se giró, asustado. Tan sólo oía un fuerte pitido. El hombre que
se encontraba delante de él movía sus labios, pero no pronunciaba palabra
alguna.
- No le oigo.-dijo Satori.- ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Y ese
pitido?
El hombre seguía
hablando, pero Satori no oía nada. Se mareaba. Despacio, se sentó en el suelo.
Tan sólo podía escuchar ese incesante pitido. Se hacía cada vez más fuerte. Un
dolor agudo empezó a taladrarle la cabeza. Se llevó las manos a los oídos.
Sintió un fuerte golpe en los tímpanos, y de repente volvió el sonido. Pero lo
que escuchaba ahora no era menos desagradable que el pitido. Gritos, llantos,
sufrimiento. Algunos coches, que ardían en llamas, explotaban de repente. El
hombre insistía:
- ¿Está usted bien? ¿Puede oírme?
- Sí, estoy bien, estoy bien. ¿Qué ha
pasado?-preguntó Satori.
- Estados Unidos ha ordenado el
lanzamiento de una bomba nuclear sobre Nagasaki. Dice que se encuentra usted
bien, ¿verdad? Entonces voy a ayudar a más gente.
El hombre se fue,
y Satori volvió a quedar sólo junto al coche. Entonces, un pensamiento
fulminante pasó por su mente. No pudo evitar expresarlo en alto:
- ¡Tsunade! ¡Aiko!
Echó a correr
hacia la ciudad. Pasó junto al hombre que le había ayudado, quien ayudaba ahora
a una señora a salir de su coche. Éste se giró al verle pasar, y le gritó:
- Pero, ¿a dónde va? ¡Allí ya no
queda nada!
- ¡Tengo que encontrar a mi familia!
En seguida llegó a
la casa en la que recordaba que vivía con su familia, a las afueras de la
ciudad. Rezaba porque siguieran viviendo ahí. La puerta estaba destrozada.
Entró en la vivienda.
- ¿Hola? ¿Tsunade?
Silencio. Nadie
contestó. Entró a la sala de estar, se paró ante la mesa junto a la que años
antes se despidiera de su hija. Volvió a
salir a la calle. Entonces se fijó en algo que le resultó extraño. Junto a la
puerta de la entrada, en la pared, junto a la ventana. Una sombra. Pero nadie
que la proyectara. Llegó hasta donde esta se encontraba. Parecía la sombra de
una mujer. Pero era extraño: la sombra era clara, como si fuera el resto de la pared
lo que se había oscurecido. En el suelo encontró un pequeño montón de cenizas.
Una leve brisa removió parte de la ceniza, y Satori pudo ver algo que brillaba
entre las cenizas. Entonces cayó al suelo, de rodillas, llorando. Temblando,
cogió de entre las cenizas un colgante con una pequeña estrella de plata, muy
brillante a pesar de la poca luz que había. La misma estrella de plata que le
entregara a su hija cuatro años atrás, la noche antes de presentarse a filas.
Se sentó, apoyado en la pared, junto a la sombra y las cenizas. Apoyó la frente
en sus rodillas, y se quedó ahí, llorando.
Pasados unos
minutos, o quizá varias horas, Satori advirtió que no estaba. Despacio, levantó
la cabeza. Entre las sombras, alguien le miraba desde el umbral de la puerta.
Una voz suave y dulce le llegó desde la oscuridad.
- ¿Quién anda ahí?
- ¿Tsunade?
- No soy Tsunade. ¿Quién eres tú?
- Ya no soy nadie… he perdido a mi familia… mi único amigo ha
muerto… ya no me queda nada.
La persona, que no
salía de entre las sombras, se fijó en el pequeño colgante que se balanceaba
entre los dedos de Satori.
- Esa es mi estrella. Se la di a mamá para que la protegiera.
¿Dónde está mamá?
Satori miró el
colgante al que apelaba aquella persona. Dirigió la vista hacia el montón de
cenizas, y entonces su rostro se iluminó.
- ¿Aiko? ¿Eres tú?-las lágrimas en
los ojos de Satori desaparecieron.
- ¿Quién eres?-preguntó la niña-¿Por
qué sabes mi nombre?
- Aiko, soy tu padre…
- ¡¿Papá?!
La niña corrió a
los brazos de su padre.
- ¿Dónde has estado, papá? ¿Dónde está mamá?
Satori estrechó a
su hija contra su pecho. Había crecido mucho. La cogió de la mano, y juntos
salieron de la ciudad. Seis días después, en un bar de Yatsushiro, mientras
Aiko comía algo, Satori escuchaba una emisora de radio americana apoyado en la
barra.
“…el emperador
japonés proclama la rendición de su país frente a los ‘Aliados’. Las pruebas de
las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki ordenadas por Truman han tenido un
efecto favorable para el bando de los estadounidenses. La guerra ha acabado. El
bando vencido firmará el acta de capitulación el dos de septiembre…”
Se levantó, y fue
a la mesa en la que estaba sentada su hija. Se sentó junto a ella, y le dijo:
- Cielo, todo ha acabado ya.
- Pero, ¿y mamá?
- Cariño… mamá no volverá.
Como es lógico, leído tras cuatro años me encuentro multitud de fallos que podría corregir, pero he optado por presentaros el relato tal y como lo escribí entonces, con sus incoherencias históricas, sus fallos en la redacción e incluso alguna falta de ortografía, aún a sabiendas de que es posible que lo lea tanto mi profesor de Historia como el de Lengua. Y poco más he de decir ya. Espero que a partir de ahora consiga ser un poco más regular a la hora de publicar entradas, excepto en semanas de exámenes, claro. Es lo que tiene segundo de Bachiller, que hay que apretar. No os olvidéis de comentar con alguna idea para futuras entradas, que siempre se agradece.
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