Son
las 06:20 de un miércoles de mayo. No he dormido, pero me siento
descansado. Miro por la ventana; la noche, despejada, se cierne aún sobre la ciudad, aunque no por mucho más tiempo. Todo apunta a que está a punto de amanecer. Camino hasta apoyar
mis brazos, cruzados, sobre el marco de la ventana. Todo está en
silencio, excepto por el suave latir de las olas a lo lejos, y el tenue silbido de la brisa matinal.
Son
las 06:23. Alzo la vista. En el horizonte, sobre los edificios más
altos, el cielo empieza a clarear. Los tonos rojizos de los primeros
rayos de luz hacen desvanecerse al oscuro negro de la noche. Algo se
escucha, aquí, allí, y en todas partes. Una orquesta de pájaros
entona su matinal melodía, que se alza entre las viejas callejuelas
hacia lo más alto de los cielos. Parece como si agradecieran que,
una vez más, la noche dé paso a la mañana.
Son
las 06:27. Los cálidos tonos anaranjados, lentamente, dan paso a un
frío pero acogedor azul, dulcemente salpicado por esponjosos tonos
blancos de algodón. Mis ojos, fijos en el horizonte, no dejan
escapar ni un ápice de lo que está ocurriendo. Mis pensamientos,
perdidos en los confines más alejados del Universo, divagan al son
de la música que interpretan los pájaros.
Son
las 06:30. Un pequeño estrépito me trae de vuelta al marco de mi
ventana. Ya no se oyen pájaros. Un segundo estallido sucede al
primero y, como si dialogaran, llega un tercero. Las callejuelas se
estremecen bajo el eco de estos rugidos, y añoran el dulce tacto de
las notas de los pájaros. No cesan los bramidos, sino que siguen manteniendo su acalorada conversación, empeñados en lograr su absoluto protagonismo, llegando desde todos los
rincones de la ciudad. Es la hora de las persianas.