viernes, 27 de mayo de 2016

La hora de las persianas.

     Son las 06:20 de un miércoles de mayo. No he dormido, pero me siento descansado. Miro por la ventana; la noche, despejada, se cierne aún sobre la ciudad, aunque no por mucho más tiempo. Todo apunta a que está a punto de amanecer. Camino hasta apoyar mis brazos, cruzados, sobre el marco de la ventana. Todo está en silencio, excepto por el suave latir de las olas a lo lejos, y el tenue silbido de la brisa matinal.

     Son las 06:23. Alzo la vista. En el horizonte, sobre los edificios más altos, el cielo empieza a clarear. Los tonos rojizos de los primeros rayos de luz hacen desvanecerse al oscuro negro de la noche. Algo se escucha, aquí, allí, y en todas partes. Una orquesta de pájaros entona su matinal melodía, que se alza entre las viejas callejuelas hacia lo más alto de los cielos. Parece como si agradecieran que, una vez más, la noche dé paso a la mañana.

     Son las 06:27. Los cálidos tonos anaranjados, lentamente, dan paso a un frío pero acogedor azul, dulcemente salpicado por esponjosos tonos blancos de algodón. Mis ojos, fijos en el horizonte, no dejan escapar ni un ápice de lo que está ocurriendo. Mis pensamientos, perdidos en los confines más alejados del Universo, divagan al son de la música que interpretan los pájaros.


     Son las 06:30. Un pequeño estrépito me trae de vuelta al marco de mi ventana. Ya no se oyen pájaros. Un segundo estallido sucede al primero y, como si dialogaran, llega un tercero. Las callejuelas se estremecen bajo el eco de estos rugidos, y añoran el dulce tacto de las notas de los pájaros. No cesan los bramidos, sino que siguen manteniendo su acalorada conversación, empeñados en lograr su absoluto protagonismo, llegando desde todos los rincones de la ciudad. Es la hora de las persianas.
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